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Hay historias que se tienen que contar, aunque sea a un puñado de extraños que se detuvieron a leer estas palabras sin saber lo que encontrarían y que quizá se marchen antes de llegar, aunque sea, a la mitad. Es algo que no les importa, el sufrimiento de los demás no lo necesitan en sus vidas y no se sienten identificados con la situación. Pero aquí, sentado en la cama de uno de los hoteles en Acapulco más prestigiosos y con el corazón deshecho, les contaré mi historia.

Todos mis amigos decían que a mis 25 años debía disfrutar de las mujeres, pasar ratos agradables, que éstas iban y venían, que era el mejor momento para gozar de ellas sin responsabilidades. Pero yo quería más, buscaba una relación formal y estable. A pesar de los constantes fracasos en mi travesía por encontrar el amor, mi joven corazón aún se sentía fuerte para un par de batallas más, sólo era cuestión de esperar a que llegara la indicada, la que se robara los reflectores y me inspirara a atreverme, una vez más, a tratar de conquistar el continente perdido. Y llegó ella.

Su nombre siempre ha estado prohibido decirlo, siempre me he referido a ella como ‘la chica’ o simplemente ‘ella’. Mi boca no se atreve a mencionarla por el miedo a evocar recuerdos que me harían ingresar a una oscura de la que me costó lágrimas y sangre salir. Pero ahora se los voy a decir. A Luisa la conocí en la Universidad y desde el momento en que la vi me enamoró su singular belleza, su pequeño tamaño y esos ojos que irradiaban rebeldía. Me le acercaba por todos los medios, ya sea en clases o por medio de redes sociales cuando no estábamos cerca. Nos hicimos amigos y cuando más confianza nos teníamos supe que estaba en una relación tóxica pero de la cual no quería salir. Sus amigas la motivaban a dejar al susodicho, yo prefería mantenerme al margen, sólo le demostraba mi aprecio.

Un día decidí invitarla a una fiesta familiar, donde me regaló el que aún es el mejor día de mi vida, pero irónicamente, el último que pasamos juntos. Todo salió a la perfección, se combinó la diversión con el romanticismo. Al día siguiente la fui a dejar a su hogar y como recuerdo le dejé una rosa y un clavel, como la canción de Marcas, de Alberto Vázquez y Joan Sebastian. Al llegar a casa abrí mi Facebook y para mi sorpresa me había eliminado. El amor de mi vida parecía que no quería saber nada de mí, pero yo se lo adjudiqué a un problema con la página. Hasta que después de varias invitaciones para que me volviera a aceptar como amigo, ella me envió un mensaje donde decía que no quería lastimarme ni que me metiera en problemas, pues había regresado con uno de sus exnovios, a quien según ella seguía amando y le dio una nueva oportunidad.

Ahora ella tiene un par de hijos hermosos, lo que significa que mis aspiraciones con ella son nada. Sólo queda esperar que el tiempo y la distancia hagan su trabajo. Pero siempre la recordaré con la última frase que le dije: “Te amé, te amo y siempre te amaré”.