29 11 17

A veces la vida te pone en el momento y el tiempo equivocados, te deja frente a acontecimientos fuera de la realidad, aquellos que sólo serías capaz de ver en películas de Hollywood. Cuando eso sucede, no sabes cómo reaccionar, tu cuerpo queda paralizado y cuando las cosas se ponen mal, tu vida pasa frente a tus ojos, como el resumen de la primera temporada que Netflix te muestra antes de comenzar a ver la segunda. Todo es tan rápido y conciso que los escalofríos te invaden.

Hace ya algunos meses atrás tomé unas merecidas vacaciones, después de arduas semanas de intenso trabajo, era hora de irme a la playa. Tome uno de los vuelos Volaris que nos patrocina la empresa y me fui a las paradisiacas playas de Puerto Escondido, en Oaxaca, sin imaginar que sería testigo de lo más repulsivo que jamás haya visto en la vida. Estaría una semana en aquel lugar, de lunes a domingo, y los días transcurrieron con total normalidad y lo mejor fue que al no ser temporada alta, no había mucha gente vacacionando.

Mi rutina era caminar por la playa, nadar en el mar y en la alberca del hotel, disfrutar de ricas bebidas preparadas y algunas cervezas, leer y asolearme. Me encantaba contemplar la puesta de sol mientras recorría la orilla del mar al tiempo que el océano me remojaba los pies, hundiéndolos en la blanca arena. Pero fue durante el fin de semana, ya en la recta final de mi viaje, y mientras realizaba una de estas relajantes caminatas, cuando presencié lo que parecía un crimen, aún mi mente no logra digerir lo que vi.

Cerca de una roca, a unos cuantos metros de distancia de mí, pude distinguir la silueta de una persona que estaba arrastrando un par de bolsas grandes de color negro, parecían pesadas ya que el sujeto parecía sufrir al jalarlas. Supuse que era un habitante de aquel lugar que necesitaba de ayuda, por lo que me acerqué a ofrecérsela, un error que me costaría muy caro. Al verme, el hombre, que parecía tener unos 40 años, quizá más, se sorprendió y se quedó parado frente a mí, observándome de pies a cabeza. Aceptó mi ayuda y me dijo que le ayudara a llevar una de las bolsas del otro lado de la roca. Vaya que pesaba, sentía que estaba arrastrando el peso de un hombre, pero ahí no cabría una persona a menos que fuera en pedazos…

Llegué al otro lado de la roca y me sorprendió al ver un agujero de gran tamaño, parecía una tumba. Entonces sentí el frío cañón de una pistola en mi cabeza, no se necesitaba ser un sabio para identificar que una forma circular y metálica era lo que sabía que era. Mi primera reacción fue levantar los brazos en señal de rendición. “No te hubieras acercado, amigo”, me dijo el hombre. “No sé de qué hablas, déjame ir, sólo quería ayudar. No sé qué hay en las bolsas, no te conozco, jamás te vi, sólo déjame vivir, en este momento me iré y no sabrás nada de mí”, respondí con una voz entrecortada. El hombre me pidió mi cartera y al instante se la di, buscó mi credencial de elector, apunto mi nombre y dirección y dijo: “Vete, si la policía me busca o hay movimiento por aquí, ya sé quién fue y lo pagarás, tú o tu familia”.

Así me fui, con las piernas temblándome, amenazado y con la imagen de un par de cuerpos mutilados que ayudé a enterrar. La verdad es que no sé lo que había dentro de las bolsas, pero mi cerebro puso las imágenes más sangrientas y aterradoras que encontró en mi archivo mental.